La importancia de educar en la templanza
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La importancia de educar en la templanza

María Paula Giaccaglia - Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales Ufasta

El bien que debemos procurar a nuestros hijos deriva de su dignidad personal. Lo que son sugiere lo que están llamados a ser. Nuestro cometido como padres es orientarlos hacia el objetivo supremo de la vida humana: ayudarlos a amar con un amor cabal y maduro. Para lograrlo son imprescindibles las virtudes naturales y sobrenaturales: en quien educa y en quienes son educados. ROMERO, F. Decía S.S. Juan Pablo II que “La familia es una comunidad de personas, la célula social más pequeña, y como tal es una institución fundamental para la vida de toda sociedad”. Inmediatamente se preguntaba: “La familia como institución, ¿qué espera de la sociedad?” La respuesta a esa pregunta era: “Ante todo, que sea reconocida en su identidad y aceptada en su naturaleza de sujeto social” (Juan Pablo II, 1981, n. 17). Esta dimensión institucional de la familia se enmarca dentro de la relación de la misma con la Nación, con el Estado y con las comunidades internacionales. Desde este nivel, la familia es considerada como una sociedad soberana. Su soberanía es indispensable para el bien de la sociedad. Una nación verdaderamente soberana y espiritualmente fuerte está formada siempre por familias fuertes, conscientes de su vocación y de su misión en la historia. La familia constituye un universo en el que transcurren los momentos más significativos de la vida humana; es el ámbito donde el hombre nace, crece, ama, sufre, crea, procrea y muere. Es el grupo de origen para todo ser humano, y no es solo una sociedad de dos personas, sino una comunidad de vida. Se trata de la única institución que se desarrolla en cualquier parte, y que, a lo largo de los siglos, ha constituido un organismo fundamental. Por tal motivo, se la denomina y reconoce como célula básica de la sociedad. La vitalidad y la supervivencia de una comunidad dependen directamente de las condiciones en las que vive la familia. Además de ser considerada como un sujeto social, la familia debe ser apreciada como un espacio de comunión, donde cada persona es reconocida y respetada en su dignidad. Ella es, por lo tanto, la verdadera protagonista de la vida social, anterior al Estado y a las instituciones intermedias. La familia es una comunidad de personas, para las cuales el propio modo de existir y vivir juntos exige la vivencia intensa y cotidiana del amor bueno. Es el espacio primero y natural para el aprendizaje, la instauración y la conservación de los valores esenciales por los cuales nos realizamos como personas humanas. La Familiaris Consortio advierte que la familia en nuestros días: “ha sufrido quizá como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura…” (S. Juan Pablo II, 1981, 1). Vivimos una época atravesada por una crisis de valores. La cultura ha dado paso a un ambiente consumista y materialista donde parecer y tener resultan más importantes que ser. Ante esto, se vuelve imprescindible promover la reflexión entre padres e hijos y educar en virtudes. La educación es un deber fundamental de la familia, pues es su función primera. Los padres debemos educar a nuestros hijos en las virtudes humanas, entendidas como actitudes firmes, disposiciones estables que regulan nuestros actos y guían nuestra conducta según la razón y la fe. El Catecismo de la Iglesia Católica señala: “Las virtudes humanas son actitudes firmes… que regulan nuestros actos… El hombre virtuoso es el que practica libremente el bien.” (Catecismo, 1992, n. 804). Para la enseñanza de las virtudes puede recurrirse a la teoría de los septenios, donde se destacan: Justicia (primer septenio) Fortaleza (segundo) Templanza (tercero) Prudencia (cuarto) Este proceso implica la formación integral de la persona: inteligencia, voluntad, afectividad y cuerpo. La fortaleza impulsa a superar dificultades, mientras que la templanza permite moderar los impulsos y ordenar los deseos. La virtud de la templanza La templanza es una disposición estable para hacer el bien, que permite a la persona dar lo mejor de sí misma. Como enseña Santo Tomás de Aquino, ordena los deseos según la razón. Es una de las cuatro virtudes cardinales y se caracteriza por la moderación de los impulsos y el uso equilibrado de los sentidos. Juan Pablo II destaca que no es una virtud abstracta, sino profundamente vinculada a la vida cotidiana. En el contexto actual, marcado por el hedonismo, su vivencia se vuelve más desafiante. Por eso, es clave formar en los hijos una personalidad firme que les permita tomar decisiones correctas. Educar en la templanza implica: Reconocer necesidades y deseos Aprender a moderarlos Usar la razón y la voluntad Durante la adolescencia, esta virtud es especialmente importante para el dominio de sí y la vivencia adecuada de la afectividad y la sexualidad. Síntesis La familia es el espacio privilegiado para aprender la templanza. Cuando se viven valores como el respeto, la moderación, la humildad y la disciplina, se fortalece el amor entre sus miembros. La templanza ayuda a construir una armonía interior que se traduce en un ambiente familiar de confianza, libertad, respeto y unidad. Como señala Viladrich, es el “valor de nuestra armonía interior”, que ordena los estados de ánimo y permite vivir en equilibrio. Referencias bibliográficas Benedicto XVI. (2005). Catecismo de la Iglesia Católica. (1992). De La Vega, J. (2009). Juan Pablo II. (1978, 1981, 1984, 1995). Pieper, J. (1990). Viladrich, P. J. (1994).
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